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Contestaciones a las preguntas de la Revista Foro, periódico El Nuevo Día, dedicada al Proyecto de Arte Público de Puerto Rico, el domingo 16 de noviembre de 2003

 

 

1. ¿Qué relación tiene el proyecto de arte público con las ciudades?

2. ¿Quién decide qué obras se utilizarán, quiénes serán los artistas responsables de ellas, cuántas serán y en qué medios?

3. ¿Quién y cómo se decide sobre su emplazamiento?

4. ¿Qué criterios se han utilizado? ¿Se han tenido en cuenta algunos modelos?

5. ¿Se ha tenido en cuenta la opinión pública de los vecinos de los lugares en donde estarán enclavadas las obras?

6. ¿Quién asume la responsabilidad ante los problemas de seguridad que pueda plantear una obra de arte público: el artista o el estado?


1. ¿Qué relación tiene el proyecto de arte público con las ciudades?

El Proyecto de Arte Público es un programa de la Directoría de Urbanismo del Departamento de Transportación y Obras Públicas. Es la primera vez que se establece una oficina de ordenamiento urbano dentro del gobierno central enfocada hacia los aspectos cualitativos del espacio público. La visión predominante en el Siglo XX tendió a representar el espacio en términos cuantitativos; las ingenierías y la planificación entendieron que todo ejercicio sobre el espacio, la ciudad y el territorio tenía que darse bajo premisas científicas, al menos en apariencia. La visión urbanista (sobretodo el modelo europeo) rechaza la falsa polarización entre lo práctico y lo estético.
El Proyecto de Arte Público procura construir comentarios críticos sobre el espacio público a partir de la subjetividad de los artistas. La ciudad tradicional con su repertorio de espacialidades y signos provee un buen número de oportunidades para la intervención, pero no toda espacialidad pública es urbana y, en ese sentido, lejos de entregarnos a una postura ideológica de factura nostálgica, el proyecto quiere problematizar la gran diversidad de estados y combinaciones de lo que es “público” y de lo que es “espacial”. Eso nos lleva a abordar tanto una plaza de recreo en el centro urbano de un municipio de la montaña como las servidumbres de los expresos o, introducirnos en el espacio virtual con la página de divulgación del proyecto en el internet.


2. ¿Quién decide qué obras se utilizarán, quiénes serán los artistas responsables de ellas, cuántas serán y en qué medios?

La convocatoria pública establecía inicialmente una lista de ámbitos, abarcando desde talleres comunitarios hasta las estaciones del Tren Urbano. Luego, al formalizarse el Proyecto de Revitalización de los Centros Urbanos de la Directoría, se establecieron nuevos ámbitos que incorporaban los proyectos de diseño en cada centro urbano. Al hacer el cálculo final, el número de obras ronda en las cien para ser ubicadas a lo largo y ancho de la isla. Un Comité Evaluador nombrado por la Gobernadora analizó las más de 300 propuestas recibidas y, siguiendo los mecanismo de recomendación estipulados en la convocatoria, ha continuado reuniéndose para dilucidar los ámbitos que se hayan declarados desiertos. El Comité Evaluador aglutinó a personas vinculadas al arte de distintas maneras mientras procuraba un balance generacional. El Proyecto de Arte Público, desde su convocatoria, quería combinar experiencia y experimentación, ser un lugar donde la obra fuera el elemento decisivo apostando al futuro y a una cultura que se transforma día a día. Nos sentimos complacidos de una selección amplia de obras en medio y conceptualización; la Página de Internet (www.artepublico.puertorico.pr) muestra el alcance del proyecto. Los artistas han expresado con sus obras que arte público no se circunscribe a la escultura monumental; el público se sorprenderá con la diversidad de medios, situaciones, escalas, materiales y estrategias de emplazamiento.


3. ¿Quién y cómo se decide sobre su emplazamiento?

No existe un “quién” ni un “cómo” . El emplazamiento de una obra de arte público toma en consideración la voluntad del artista y los códigos que estructuran lo público (de ahí que se cuente con los endosos de las distintas agencias que tienen jurisdicción sobre los lugares). Es un proceso saludablemente convoluto. Requiere por ende de artistas que vean oportunidad en las restricciones y puedan incorporarlas exitosamente a su obra. La visión del genio huraño que toma decisiones desde el aislamiento pseudo-platónico de su taller/cueva no tiene cabida en un proyecto de esta naturaleza. Como tampoco la tiene la visión del tecnócrata que sólo puede ver el mundo desde la rigidez de la norma y el “uso y costumbre” cuando no puede justificar su ingerencia. En ocasiones circunstancias aleatorias afectan el emplazamiento de la obra y, sin sonar metafísico, me atrevo a decir que la casualidad suele enriquecer al producto como ocurre con cualquier proceso creativo.


4. ¿Qué criterios se han utilizado? ¿Se han tenido en cuenta algunos modelos?

Los criterios que se han utilizado para seleccionar las obras han sido públicos desde el momento en que se anunció la convocatoria. Cada obra debía articular un diálogo con el espacio físico y conceptual del ámbito para el que se propone y debía mostrar una actitud coherente hacia el material y los aspectos técnico-constructivos de la obra. Aparte de lo que es constante como criterio general cada obra establece su propio marco crítico. Ha sido menester del Comité Evaluador interactuar con el marco crítico insinuado por la obra.
Debemos destacar que el Comité ha hecho un gran esfuerzo en hacer una selección diversa y llena de vitalidad. No es un proyecto de apuestas seguras. Existe un riesgo saludable y necesario en un proyecto que plantea ser relevante. Nuestra cultura contiene tanto elementos conservadores como una simpática vocación para el invento y el embeleco fantástico. Nos gustaría pensar que el proyecto logra responder a ambos contingentes con un grado de tensión que enriquece a la obra de arte. Hablar de resoluciones mediadoras o de “síntesis” puede ser el primer paso para un arte sin vitalidad.
     Nos hubiera gustado poder incluir en la convocatoria piezas de carácter efímero o “temporal” no en sentido de lo temporero sino en la inclusión del tiempo como ocurre con los performances. Pero la restricción de una fuente de fondos de mejoras permanentes no permitía tal alcance. Por otro lado Puerto Rico necesitaba un proyecto abarcador que abriera las puertas a futuras iniciativas.
En cuanto a la segunda pregunta, la gran mayoría de los modelos estudiados operaban dentro de ciudades con una infraestructura cultural desarrollada. Quisiéramos pensar que más que un problema la relativa virginidad de nuestro medio hacia el arte público es una ventaja y una gran oportunidad.Si algo notamos de otros proyectos de este tipo es una tendencia a caer en dos extremos: o un patriarcalismo populista o la pose arrogante de pretensión vanguardista para una audiencia que se asume primermundista y que hoy se representa mediante el concepto de lo “cool”. Por otro lado hemos visto una desconfianza por el objeto que es parte del discurso posmoderno del cuál se tomaron algunas pautas. La idea de reintroducir con convicción la noción del objeto hoy en día parece contar en el arte contemporáneo con muchos escépticos que con razón le temen a la construcción de nuevos meta-relatos. El modelo que hemos estructurado para el proyecto pulula entre este escepticismo y el deseo de problematizar lo particular de nuestro entorno cultural con sus inconsistencias, anomalías y contradicciones, sin temerle a la posibilidad de que nuevos imaginarios se produzcan tan pronto se desechen los anteriores.


5. ¿Se ha tenido en cuenta la opinión pública de los vecinos de los lugares en donde estarán enclavadas las obras?

Estamos convencidos que en última instancia el artista es quien decide a cuanta opinión pública va a responder y cómo va a responder a ella. No creemos que un proyecto como este deba condicionar la subjetividad del artista a una estrategia única de diálogo y participación, particularmente cuando surge dentro de una iniciativa gubernamental. Hay oportunidades dentro de la convocatoria para una participación directa de la comunidad como es el caso de los talleres comunitarios. Pero esa no es la única forma de participación. Por otro lado entendemos que el concepto “opinión pública” debe ser problematizado. Demasiadas veces en empresas culturales de este tipo el concepto “opinión pública” se ha usado o para promover una actitud paternalista por parte del Gobierno o para entorpecer la subjetividad del artista que es precisamente lo que quiere promoverse como parte de un comentario relevante sobre la convivencia y lo público.
En todo caso las mismas obras demuestran las distintas maneras de abordar los distintos públicos. No visualizamos un bloque monolítico de opinión pública, nos parece mucho más pertinente el entender la gran diversidad de públicos de nuestro contexto cultural. La noción de “lugar” estipulada en la convocatoria, una vez damos el gran paso de salir de las salas de los museos y galerías, exige que el artista elabore el concepto audiencia asumiendo su heterogeneidad. No todas las obras tienen que susurrarnos al oído, habrá algunas que nos desafiarán como cuando vemos una película que altera nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.


6. ¿Quién asume la responsabilidad ante los problemas de seguridad que pueda plantear una obra de arte público: el artista o el estado?

Es una responsabilidad compartida que no comienza el día en que la obra se instala. Cada caso requiere su propio análisis en lugar de circunscribirnos a respuestas categóricas sobre este tema. Por otro lado debemos recalcar que cada contrato requiere que el artista cuente con profesionales licenciados para atender los aspectos técnicos de la obra que van desde la selección del material, las dimensiones y disposición de sus elementos y la estabilidad de la estructura.
Por último, la envergadura del proyecto merece que el público se haga cómplice de la conservación y cuidado de las piezas. La responsabilidad de la conservación no debe definirse a partir de la dualidad artista/estado, la cual es insostenible en el marco de un proyecto público.